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| Darío Mañón |
Por: Darío Mañón
La reciente partida de Ramón Alburquerque Ramírez no solo deja un vacío en la ingeniería y la política dominicana; nos deja una lección profunda que estoy plasmando en las páginas de mi próximo libro, "El Día Marcado".
Durante años, vimos en Alburquerque a un hombre de ciencia, un técnico de datos fríos y lógica inquebrantable. Sin embargo, su proceso final nos recordó que existe una frontera donde la razón se detiene. Su viaje de urgencia hacia los Estados Unidos y su retorno casi inmediato con un pronóstico definitivo, es la imagen viva de lo que planteo en mi obra: la fe y la ciencia tienen un límite, y ese límite es el día que ya está marcado.
En la programación de mi libro, estoy recopilando estos detalles bajo una visión renovada; un concepto que, aunque se nutre de distintas historias, siempre nos conduce al mismo destino. Estoy analizando estos casos no como simples noticias, sino como evidencias de esa agenda invisible que todos llevamos escrita desde el primer aliento.
Esta realidad nos golpea con una pregunta incómoda: ¿Cuánto de nuestra vida es control y cuánto es destino? Al observar casos como este, entendemos que la "zozobra" que a veces nos consume por la salud o el futuro no es más que el eco de nuestra propia fragilidad.
En mi experiencia personal, lidiando día a día con los vaivenes de la diabetes y los cambios de tratamiento, he aprendido que el control es una herramienta, pero la aceptación es una paz necesaria. La ciencia nos da el lápiz para escribir nuestra historia, pero el margen de la página ya está definido.
Actualmente, me encuentro sumergido en la redacción del capítulo donde exploro cómo el hospital se convierte en ese microcosmos donde el título o la brillantez intelectual se desvanecen ante la realidad biológica. Alburquerque, en su retorno, nos enseñó que la verdadera sabiduría radica en saber cuándo la ciencia ha cumplido su parte y es momento de dejar que el espíritu encuentre su puerto.
Ramón Alburquerque Ramírez regresó a su patria no como quien se rinde, sino como quien reconoce que su capítulo está completo. Su partida es un recordatorio para todos de que la vida no se mide por la duración, sino por el peso de nuestra huella. En 'El Día Marcado', uso este espejo de la realidad nacional para invitar al lector a dejar de pelear con lo inevitable y empezar a vivir con la intensidad de quien sabe que, al final del camino, la fe y la ciencia se dan la mano para dejarnos partir.
31 de enero, 2026

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