Por Fernanda Fernández
En República Dominicana, la desaparición de niños y niñas no puede seguir tratándose como un titular pasajero. No es una noticia más: es una fractura social y una alarma moral. Porque cuando desaparece un niño, no desaparece solo una persona. Desaparece la paz de su casa, se rompe el suelo emocional de una familia, se quiebra la confianza de una comunidad y nace una angustia que no se cura con promesas ni con silencio.
